viernes, abril 23, 2010

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La puerta se cerró, apenas vio la calle sintió que todo era diferente, aquel barrio por donde tanto tiempo pasó se tiñó de un color gris, pesado, sin alma, un ente extraño lo consumía por dentro, todo se había acabado y era tan difícil aceptarlo, algo así no podía aceptarlo, tenía ganas de explotar, de liquidar todo, de espantar esa sensación que empezaba desde el estomago y subía hacia la garganta a gran velocidad ida y vuelta, sin consuelo, sin piedad. Sus pasos eran lentos, como si la gravedad en aquella calle y en ese instante hubieran aumentado en gran medida, las personas eran fantasmas que pasaban junto a él, lo miraban, lo ignoraban, no importaba, eran como reflejos en el agua, como ánimas en pena, pero ninguna era más efímera de lo que era él. Su alma había pasado a convertirse, a usurpar, a subordinar su cuerpo, su carne, es a partir de ahí su condición y su apariencia de parecer un muerto, si es que él ya no se sentía así, o tal vez, rogaba en ese momento dejar de sentir, o como dicen cuando un cuerpo deja de respirar, sentir la paz que aquellos sienten al dejar de sufrir por el dolor de los últimos instantes de vida, por el dolor que termina con el último suspiro, cuando se dejan caer sobre una cama, sobre el asiento, sobre el suelo, sobre una calle. Como él, pero sin embargo, él es un muerto sin serlo, ya que sus pies aun se mueven, el alma sufrida no ha podido ganar su batalla contra el cuerpo, aun no cae, aunque él en este instante no lo sabe, no sabe que aun vive, no sabe que aun no cae.

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